BENBENUTO

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Que tu estancia aquí sea placentera, y que mis letras logren llevarte a la reflexión, al análisis pero sobre todo, que te sirvan de aliento, de consuelo y apoyo. No estás solo, escritor novel. Yo camino a tu lado, hoy y siempre.

¡Préstame tus ojos!

Por favor, si detectas algún inconveniente visual (como que las entradas no se puedan leer) notifícamelo por cualquiera de los medios de contacto (mail, twitter o Facebook) para arreglarlo de inmediato. Este es un blog dirigido por una administradora invidente, y necesito de tus ojos para asegurarme de que todo luce espléndido ;-)

viernes, 9 de octubre de 2015

Entrada promocional: «Nade», de Malena Salazar Maciá





Estoy sacando esta entrada con algo de retraso, debido a que mi teléfono ha muerto y por ende, me he quedado sin internet >.<, una disculpa enoooorme a la autora por ello.

Hoy vengo a promocionar (y a presumir, ¿por qué no?) la sinopsis y el capítulo 4 (en español e inglés) de la que ha sido la novela ganadora del concurso «David de fantasía y ciencia ficción», convocado en el hermoso país de Cuba. La novela en cuestión se titula «Nade», y ha sido escrita por mi encantadora y sexy hermana, la srita. Malena Salazar Maciá. Decir que es una escritora que se inició en Potterfics, que a tropezones y mucho practicar ha ido madurando, abriéndose camino de a poco, siempre dispuesta a aprender de todo y todos. Hoy, el resultado de ese esfuerzo y aprendizaje se ve reflejado en esta novela, la cual, no sólo verá la luz en Cuba, sino que será publicada también en Canadá, aunque de eso ya les traeré noticias después.

Por el momento los dejo con este capítulo, ¡que lo disfruten! ¡Y nuevamente, mi enhorabuena para ti, hermana! Te mereces ese premio y muchos más ;-)

 

Sinopsis

 

«En un futuro lejano y post apocalíptico, los gentiums luchan por sobrevivir en el desierto en que se ha convertido el continente Terra Este, deseosos de re-descubrir la tecnología que una vez les fue arrebatada a causa del Cataclismo. Cinco míticos dioses-bestias caminan y rigen sobre Terra Este, los daonais gobiernan desde la ciudad tecnológica de Metro, las colonias son mantenidas en la ignorancia y condiciones pésimas de supervivencia. Sin embargo, la repentina explosión de un Complejo Científico de la Compañía βιοmedcán, y la implicación directa del dios-bestia Inpu del Este, traerá consecuencias inesperadas no sólo a los daonais de Metro, sino a todo el continente.»

 

4

Evaluación de los daños

 

El ingeniero Beelz apenas se lo podía creer.

Pensó que el mensaje de alarma del Complejo Este era tan insignificante como un área sin fluido eléctrico, pero las ruinas calcinadas que observaba lo tenían estupefacto. No había una pared en pie, ni siquiera el armazón de vigas. Sobre su cabeza, el cielo estrellado estaba oculto por una turbulencia de nubes rojas; amenazaba con desatar una tormenta en cualquier momento. Bendijo su suerte por no encontrarse en el edificio en el momento de la catástrofe, sino en Andaro, la colonia más cercana, a trescientas cincuenta millas de allí. Sin perder un segundo, había contactado con una brigada de Evaluadores para que lo ayudasen a extinguir el fuego y descifrar el motivo de la destrucción. Por suerte, tenían aerodeslizadores en buenas condiciones y acudieron al instante.

Esperaba que al menos las cámaras subterráneas estuviesen intactas. No por gusto se había ideado un sistema de seguridad hermético para mantenerlas a salvo. En ese instante, los Evaluadores despejaban las puertas, mientras él recorría el cementerio de planchas de metal, fragmentos de ladrillos y equipos aplastados. No se había topado con ningún cuerpo y eso lo inquietaba. O el incendio había sido eficiente en su propagación para no dejar rastro de carnes, o todos estaban enterrados bajo los escombros. Era lo más probable. Beelz se detuvo para patear con debilidad un pedazo de plancha fina. O quizás, el Complejo fue evacuado. Si era así… ¿por qué no habían regresado a apagar el incendio, o se habían presentado en Andaro para reportarse?

—¡Daonai…! ¡Daonai ingeniero!

Beelz se volteó para detectar a un Evaluador alto y delgado, vestido con un desgastado mono azul platino. Llevaba una mascarilla vieja anti-tóxica. Su andar nervioso, como el de una tarántula que recién abandona su cueva y entra en territorio de otros depredadores, lo puso en alerta. Nadie se mostraba intranquilo si no existían malas noticias.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó—. ¿Encontraron a algún superviviente?

—No va a gustar, daonai, ni a su jefes ni a ti. Mejor es que venga acá, a donde lo bandada ha parado —dijo el Evaluador con la voz afectada por la mascarilla. Su respiración se escuchaba extraña, como si expulsase el aire por algún tubo de polietileno reforzado—. Hay mucha arena en esto… arena sucia… Vamó con lo bandada, allí la jefe lo dice…  

Beelz tragó en seco y siguió al hombre. Cerca de donde debía estar una puerta escondida a las instalaciones subterráneas, estaban reunidos el resto de los Evaluadores. Se veían lo bastante temerosos para que se pusiese en alerta. El jefe de la bandada, de igual mono azul platino y con una máscara relativamente nueva, dejó de discutir con sus subordinados al ver a Beelz.

—Daonai, no esperan noticias buenas —inició con mejor lenguaje que el mostrado por su gente—. Lo explosión fue abajo, arriba fue reacción en cadena por sobrecarga.

—¿Cómo saben? —preguntó Beelz. Comenzaba a sudar a pesar de lo fresco de la noche—. Pudo producirse en un generador de la superficie y…

—Comprobamos, daonai —lo cortó el Evaluador. Señaló a un boquete despejado, donde no se veía ni siquiera una escalera que descendiese—. Mis tipos bajaron y vieron cosa fea. Cables que explotaron, peceras grandes rotas que tenían dioses-bestias adentro, niños con lo tripa afuera, sin existir, lo techo se echó abajo con lo fuego. La generadores de arriba están echo pedazos por parede y techo, la de abajo… se derritieron, daonai.

Beelz se secó el sudor de la frente, pálido a la luz de las lámparas fotovoltaicas. Todo había desaparecido. El Complejo Este, el más importante, el principal, ya no estaba. Beelz tuvo escalofríos y se preguntó qué tipo de sobrecarga ocurrió para que todo volase de esa forma en sólo minutos. Y más inquietante; ¿por qué las cámaras subterráneas, con su sistema hermético, fueron las primeras en ceder? Pero más le preocupaba que no existiesen sobrevivientes abajo. Peceras grandes rotas que tenían dioses-bestias adentro, niños con lo tripa afuera… Todos tenían razón, ¡eran nefastas noticias!

—Encontramo cuerpos —la voz del Evaluador lo sacó de su ensimismamiento. Lo vio sacudir la mano, y la masa que formaba sus subordinados se desagregó—. Estaba en bandada, con arma en lo manos…

Beelz se acercó, atontado. Sobre las planchas chamuscadas, se tendían al menos una docena de gentiums. Estaban calcinados hasta los huesos, así que era imposible decir si eran experimentadores o guardianes. Todos estaban armados, pero sólo con pistolas aturdidoras y dardos adormecedores. Al menos eso se había resistido al fuego. Descubrió a varios Evaluadores que cargaban más cuerpos destrozados. Los iban a reunir allí. Beelz verificó sus alrededores y cerca del boquete que una vez fue una puerta a las cámaras subterráneas, detectó una chapilla ennegrecida, sujeta por una cadenita. La recogió para limpiarla con esmero, sin importar que sus guantes platinados se manchasen de hollín. Después de despejarla un poco, la observó unos instantes y la guardó en un bolsillo de la chaqueta. Al levantar la cabeza, notó la mirada suspicaz del Evaluador.

—Ya hicimos la nuestro, daonai —dijo el hombre con voz sibilante—. Mejor que pague la que dijo, o no dejaremo en paz su cuerpo. Entregue en lo bazar Taliya de lo colonia Andaro la que debe a nosotros lo Evaluadores.

—Denme unos minutos para contactar a mis daonais —dijo Beelz. Presionó un intercomunicador en su oído derecho y se activó con una luz azulada. Un micrófono se desplegó hasta llegar a su boca. Se alejó de la bandada, caminando con cuidado por encima de las planchas y los escombros. La conexión se estableció al instante y varias voces metálicas exigieron a la vez:

—Informe.

—El Complejo está destruido por completo. La explosión se inició desde las cámaras subterráneas. Algo provocó que los generadores provocasen una reacción en cadena y se derritiesen. Como supondrán, se afectó el sistema de invisibilidad. Las ruinas están a la vista —dijo Beelz en voz muy baja. Se detuvo al llegar a la arena y volvió a secarse el sudor de la frente—. Según la teoría de los Evaluadores, algo escapó de las cámaras subterráneas. Encontré gentiums armados con aturdidores en la entrada oculta, parecían contener algo de lo que no se hallaron restos, así que podría suponerse que tienen razón. Pero también, es probable que si algo escapó, haya perecido en el desierto, por eso no pienso que deban tener...

—Le recordamos que las suposiciones no nos valen, ingeniero —dijeron las voces y Beelz se estremeció a causa de lo afilado del tono—. Su deber es comunicarnos hechos ciertos, no especulaciones de lo que usted o los Evaluadores crean que ha sucedido. ¿Escapó algo del Complejo? Limítese a una respuesta directa. 

Beelz se relamió los labios, sopesando su respuesta. Optó por la sinceridad:

—No estoy seguro, mis daonais. Necesitaría más pruebas. En cuanto las consiga, podré entregarles un informe completo.

—Entonces, si no es capaz de ofrecernos un informe completo, no debió contactarnos, ingeniero —sisearon las voces metálicas, lo cual le causó un cosquilleo desagradable en el oído. Beelz se obligó a mantenerse sereno. La conversación comenzaba a tambalearse y eso no era bueno para él—. Pero ya que obtuvo nuestro tiempo y atención, prosigamos… ¿En las cámaras subterráneas funcionó el sistema hermético? ¿Los gentium que ha contratado, vieron a los sujetos?

—Las cámaras subterráneas ya no existen, no funcionó el sistema hermético. Se ha perdido —explicó sin evitar un temblor en la voz—. Los Evaluadores lo vieron todo… un momento, mis daonais…

Beelz estrechó los ojos y los lentes infrarrojos que poseía se activaron. Examinó la arena, con matices azulados debido a la frialdad de la noche y de inmediato, resaltaron las marcas: huellas humanas. Estaban bien impresas, como si quien las hubiese provocado, cargara algo. Hipnotizado, las siguió igual a un sabueso. No muy lejos desaparecían junto a una hondonada grande, provocada sin dudas, por un aerodeslizador en reposo que ya no se encontraba allí. Los doseles del vehículo, la capa protectora sobre los motores, la impresión que dejó al arrancar, todo se había quedado sobre la arena. Al menos hasta que ocurriese la tormenta y borrase el rastro. Al entrecerrar los ojos por cinco segundos, los lentes desactivaron la modalidad infrarroja.

Pocos minutos después, Beelz regresó con los Evaluadores.

—Mis daonais dicen que pagarán con intereses por su buen servicio —indicó con una sonrisa y dejó en manos del jefe, cuatro chapillas metálicas. Eran abultadas, como un huevo pequeño de lagarto del desierto. Tenían la inscripción Nb—. Son chips de rastreo. Llévenlos con ustedes, no querrán que nuestros mensajeros se equivoquen y otros se lleven la paga. También cuento con vuestro silencio acerca de lo que han visto esta noche. 

—Generoso, mi daonai ingeniero —dijo el jefe Evaluador con una sonrisa de dientes amarillentos—. Compra bien que no digamo palabra. Estamo a lo disposición. 

Beelz no se movió mientras la bandada se retiraba a sus aerodeslizadores. El ingeniero sacó un puñado de chapillas-huevos de un bolsillo de su chaqueta platinada y los examinó. Mientras los Evaluadores se preparaban para partir, él lanzó los dispositivos por todo el Complejo Este. Por último, dejó caer cinco al interior del boquete que una vez fue una entrada oculta a las cámaras subterráneas, y se retiró a su moderno aerodeslizador, en reposo a una distancia prudente de las ruinas.

Cuando estaba junto a su vehículo, a su espalda se escuchó el rugido atronador de múltiples explosiones. Se volteó a contemplar el espectáculo; los aerodeslizadores de los Evaluadores habían estallado y sus piezas volaban por los aires. Los cuerpos por un instante, fueron manchas iluminadas contra el cielo nocturno antes de caer como muñecos desmadejados. Segundos después, todo temblaba y una explosión mayor erosionó el terreno donde estaba asentado el complejo Este, y se abría un boquete que llevó las ruinas a las entrañas de la tierra.  

Beelz miró unos segundos el reflejo de su rostro rubicundo y cabello magenta en el fuselaje del aerodeslizador. Sus ojos parecían iridiscentes a causa de los lentes infrarrojos. Esbozó una sonrisa divertida al ver cómo algunos Evaluadores chillaban envueltos en llamas antes de derrumbarse en la arena, calcinados. Las chapas de napalm expansivo, siempre funcionaban.

Cuando el retumbar de las explosiones se aquietó, Beelz se acercó con parsimonia donde estaban los gentiums sobrevivientes. Algunos todavía rodaban entre alaridos para intentar apagarse, otros ya se habían entregado a la inconsciencia, para no padecer el dolor de sentir sus carnes derretirse bajo la acción despiadada del napalm. Un infeliz detuvo sus movimientos frenéticos y alzó las manos negras hacia el ingeniero.

—¡Dao… ai… sal… va… sal… va! —le rogó.

Beelz extrajo una pistola del interior de su chaqueta y le disparó en el centro de la frente. El gentium se desplomó con la misma expresión desesperada que tenía segundos antes de perder la existencia. 

—No es misericordia —aclaró el ingeniero al cuerpo a sus pies.

Disparó a otro gentium agonizante a pocos pasos para dejarlo quieto, a uno a su izquierda, al frente, dos a su derecha, y a un par que se revolcaban junto a una pieza carbonizada de aerodeslizador. Apuntó a otro que corría lejos, vuelto una brasa ardiente.

—Simplemente, odio a los testigos —le confesó al cadáver, cuya cabeza estaba deforme, en un estado avanzado de putrefacción. Esa era la particularidad de los proyectiles químicos que usaba—. Algunos gentiums me gustan más cuando no tienen existencia. Sobre todo cuando ya no son útiles.

Su disparo alcanzó en la cabeza al gentium que corría. Se arqueó de forma cómica, como si tomase un tropezón y cayó de bruces en la arena. No volvió a moverse. Beelz se guardó la pistola en el interior de la chaqueta y miró al cielo. La conglomeración de nubes rojizas se apretaba sobre él, rugiente de relámpagos, cargada de lluvia nocturna. El aire comenzaba a soplar enrarecido. Sin dudas, era el producto de los tóxicos que escaparon del Complejo cuando estalló. No tardarían en descargarse sobre el área. Beelz sonrió de buen humor. En otras circunstancias no le hubiese hecho gracia la tormenta, pero en ese momento, la agradecía de buen grado. Se encargaría de sepultar los restos de su trabajo.

Regresó aprisa al aerodeslizador para subir a él con agilidad. Se adentró en el casco protector hasta llegar al panel de control y lo encendió con sus huellas dactilares. Configuró la ruta a la colonia Andaro y la confirmó. El vehículo se elevó con un zumbido y avanzó lejos de la tormenta. En cuestión de segundos, alcanzó las mil cuatrocientos veinte millas por hora y se perdió en el horizonte. Desaparecer pruebas, no era el único trabajo que hacía para sus daonais.

 

Versión en inglés

 

4

Damage assessment

 

The engineer Beelz was incredulous.

He thought the alert message from East Complex was as insignificant as an area without electricity, but the charred ruins that he observed had shocked him. There was not a wall left up; even the frame beams were destroyed. Overhead, the starry sky was hidden by a swirl of red clouds that threatened to unleash a storm at any time. He blessed his luck; he was not in the building at the time of the disaster, but was in Andaro, the nearest Colony, three hundred and fifty miles away. Without missing a beat, he had contacted a brigade of Assessors to assist him to extinguish the fire and decrypt the reason for the destruction. Luckily they had hovercraft in good condition and came instantly.

He hoped that at least the vaults were intact; they possessed a tight security system to keep them safe. As soon as the Assessors cleared the gates, he toured the sheet metal cemetery, brick fragments and crushed equipment. He had not discovered any corpses and that bothered him. Either the fire was efficient in its spread, or all were buried under the rubble. Beelz stopped to kick a piece of thin sheet metal. Or perhaps, the complex was evacuated. If so ... why had they not returned to extinguish the fire, or contacted in Andaro to report?

“Daonai...! Daonai engineer!”

Beelz turned to see tall, thin Assessor wearing worn platinum-blue overalls. He wore an old anti-toxic mask. He walked nervously, like a tarantula that had just left his cave and entered the territory of other predators. No one was worried if there were no bad news.

“What happened?”  Beelz asked. “Did you find any survivors?”

“No'll like, daonai, or his bosses or you. It is better to come here, where the flock has stopped, “the Assessor said.  His voice was affected by the mask. His breathing sounded strange, as if he expelled the air from a polyethylene-tube. “There are a lot of sand in it... dirty sand... Go´o with flock, there boss says”.

Beelz swallowed and followed the gentium. Near where there should have been a hidden door to the underground facilities, the rest of the Assessors were gathered. They looked frightened enough to fray nerves. The head of the group, with the same platinum-blue overalls and a relatively new mask, stopped arguing with his subordinates to see Beelz.

“Daonai, not expect good news.  I’ll start with better language than that shown by his people. Explosion was downstairs, upstairs was reaction chain.

“How do you know?” Beelz asked. He began to sweat despite the cool of the night. “Perhaps there was a generator on the surface and...”

“Foundz, daonai” cut in the Assessor. He pointed to a clear gap where they could not see even a ramp for descent. “My rates down and saw ugly things. Cables exploded, large broken tanks that had god-beasts in, children with guts out, ceiling broken down with fire. Wallz and roof are cast pieces... Above generators… all are melted, daonai.”

Sweat stood out on Beelz’ forehead, pale in the light of the photovoltaic lamps. Everything was gone. The East Complex, the most important, the principal, no longer existed. Beelz shivered and asked himself what really happened that destroyed all in that way in minutes. And most disturbing: why were the underground chambers, with the closed system, the first to blow away? But he was concerned that there were no survivors down there. Large broken tanks that had god-beasts in, children with guts out... Very grim news!

“Foundz bodie” the voice of the Evaluator took him out of his reverie. He saw him shake his hand, and the mass of subordinates was separated. “Were together, with gun in hand...”

Beelz watched, stunned. Singed on plates, they tended to at least a dozen gentiums. They were charred to the bone, so it was impossible to tell whether they were Experiencers or Guardians. All were armed, but only with stun guns and numbing darts. He discovered several Assessors who carried more charred bodies. Beelz checked around and closed the gap that once was a door to the underground chambers, and detected a sheet attached by a chain. He picked it up and proceeded to clean it carefully, regardless of his precious gloves becoming covered with soot. He observed a moment the piece and put it in his jacket pocket. Looking up, he noticed the suspicious stare of the Assessor´s Boss.

“We made them ours,” he said with sibilant voice. “Better pay that said, so we not leave alone your body. Deliver in the bazaar Taliya of the Colony Andaro which should pay us.”

“Give me a few minutes to contact my daonais” Beelz said.

He pressed an intercom in his right ear and it activated with a blue light. A microphone was deployed up to his mouth. He walked away from the flock, stepping carefully over the plates and debris. The connection was established instantly and several metallic voices demanded at once:

“Report”

“The Complex is completely destroyed. The explosion started from the underground chambers. Something caused the generators to have a chain reaction and they melted. And they affected the invisibility system. The ruins are on view,” said Beelz very quietly. He stopped at the sand and returned to wipe the sweat from his forehead. “According to the theory of the Assessors, something escaped from the underground chambers. I found gentiums armed with stunners in the hidden entrance. Seemed to contain something that no remains were found, so one would assume they're right. But it is also likely that if something escaped, it has perished in the desert, so I do not think you should have...”

“Remember that the assumptions are worth nothing to us, engineer,” said the voices, and Beelz shuddered because of the sharpness of tone. “Your duty is to communicate certain facts, not speculation or what you or the Assessors believe has happened. Something escapes from East Complex? Stick to a direct answer.”

Beelz licked his lips, weighing his options. He opted for sincerity:

“I'm not sure, daonais. Need more evidences. As soon as I get it, I can deliver a full report.”

“Then, if it you not are capable of offering a full report, you should not contact us, engineer,” whistled the metallic voices and caused an unpleasant tingling in the ear. Beelz forced himself to remain calm. The conversation began to falter and it was not good for him. “But since you have our time and attention, let us go ... In the underground chambers did the watertight system operate? Did the hired gentium, see the subjects?”

“The underground chambers no longer exist. The hermetic system did not work. It has lost,” he explained without avoiding a tremor in his voice. “The Assessors saw everything ... wait a second, daonais...”

Beelz squinted and his infrared lenses activated. He examined the sand, with a bluish tinge due to the coldness of the night and immediately highlighted brands: human footprints. They were well printed, as if whoever had caused them had charged something. Mesmerized, he followed them like a bloodhound. Not far they disappeared alongside a large ravine, undoubtedly caused by a hovercraft that no longer stood there. The canopies of the vehicle, the protective layer on the engines, the impression who left to start, everything was on the sand. At least until the storm happened and erased the trail. To squint for five seconds, the infrared lens deactivated.

A few minutes later, he returned to the Assessors.

“My Daonais say they will pay with interest for good service,” he said with a smile and left to the Boss, four metal plates. They were bulky, like a small desert lizard egg. They had an Nb inscription. “These are tracking chips. Take them with you, our messengers will find them. I also count on your silence about what you have seen tonight.”

“Generous, my daonai engineer,” the boss said with a smile of yellow teeth. “We’ll not say a word. We are at disposal.”

Beelz did not move as the flock retreated to their hovercraft. The engineer took a handful of sheet-eggs from a pocket of his jacket and examined them. While the Assessors were preparing to leave, he threw the devices throughout East Complex. Finally, he dropped five into the hole that was once a hidden entrance to the underground chambers, and retired to his modern hovercraft, standing at a safe distance from the ruins.

When he was with his vehicle, he heard behind him the thunderous roar of multiple explosions. He turned to watch the spectacle: the Assessors hovercrafts had exploded and parts were flying through the air. The bodies for an instant were spots illuminated against the night sky before falling as limp dolls. Seconds later, all trembled and a greater explosion eroded the land on which the Complex was settled, and a hole that led the ruins into the bowels of the earth opened.

Beelz looked for a few seconds at the reflection of his ruddy face and magenta hair in the fuselage of the hovercraft. His eyes seemed iridescent because of the infrared lens. He flashed an amused smile to see how some assessors were screaming in flames before collapsing on the sand, burnt. The expansive napalm sheets always worked.

When the rumble of explosions quieted, Beelz approached cautiously where the survivor’s gentiums were. Some still rolled about screaming to try to shut down, others had surrendered to unconsciousness, to be free from the pain of feeling flesh melt under the ruthless action of napalm. One unhappy stopped their frantic movements and raised black hands toward the engineer.

“Dao ... nai ... he… lp, he… lp!” he pleaded.

Beelz pulled a pistol from inside his jacket and shot him in the middle of the forehead. The gentium collapsed with the same desperate face that he had seconds before losing existence.

“This is no mercy,” clarified the engineer to the body at his feet.

Accurately, he shot another agonized gentium a few steps, one to his left, the front, two on the right, and a couple that were rolling along at a charred piece of hovercraft. He pointed to another man who was running away and he became a burning ember.

“Simply, I hate witnesses,” he confided to the corpse, whose head was misshapen in an advanced state of putrefaction. That was the peculiarity of his chemical projectiles. “I like some gentiums when they no longer exist. Especially, when they are no longer useful.

His shot hit the running gentium´s head. He arched comically, stumbled and fell on the sand. He did not move. Beelz placed the gun inside his jacket and looked at the sky. The conglomeration of reddish clouds pressed on him, with roaring lightning. The rarefied air was blowing. Undoubtedly, it was the product of toxins escaped from East Complex. They would soon be dispersed over the area. Beelz smiled in a good mood. In other circumstances he would not have been amused by the storm, but this time, he gladly appreciated it . It would bury the remains of his work.

He returned quickly to his hovercraft to go up swiftly. He put on the helmet and lit the control panel with his fingerprints. He set the path to the Andaro Colony and confirmed. The vehicle rose with a buzz and moved out of the storm. Within seconds, he reached 1420 mph and was lost in the horizon. Disappearing evidence was not the only work he did for his daonais.

 

Agradecimientos a Guillermo Salazar y a Robin Hobb por la traducción.

 

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