BENBENUTO

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Que tu estancia aquí sea placentera, y que mis letras logren llevarte a la reflexión, al análisis pero sobre todo, que te sirvan de aliento, de consuelo y apoyo. No estás solo, escritor novel. Yo camino a tu lado, hoy y siempre.

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sábado, 29 de noviembre de 2014

Breve decálogo del narrador bélico



¡Buen día, mundo!

Santa madre de las espadas, pero qué barbaridad, un siglo sin actualizar. No tengo perdón de Merlín, lo sé, pero explicar el porqué de mi ausencia sería largo y complicado, y no quiero aburrirlos. Eso sí, hay compensación: les he traído un decálogo que de haberlo leído antes de haber escrito mi primera novela, la cosa habría sido diferente, lo juro, jajaja. Muchísimas gracias a su autor por autorizarme el colgarlo, y a mi hermana Malena, por hacerla de intermediaria xD

Pero antes de empezar con el mágico recetario, conozcamos al chef:

 

Yoss

 

Yoss, seudónimo de José Miguel Sánchez Gómez (Ciudad de La Habana, 1969), es un autor cubano de ciencia ficción.

Licenciado en Ciencias Biológicas en la Universidad de la Habana, en 1991, comenzó a escribir literatura a los quince años. Se dedica profesionalmente a escribir todo tipo de textos, desde ficción a artículos periodísticos. Fundador de los talleres literarios de ciencia ficción Espiral y Espacio Abierto. Graduado en técnicas narrativas del primer concurso (1998-1999), del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Ha impartido talleres de narrativa en Chile, España, Italia, Andorra y Cuba. Perteneció a los talleres literarios Oscar Hurtado y Julio Verne.

Ha asistido a varias convenciones internacionales de ciencia y ficción y fantasía, celebrados en Francia, en 2002, 2003 y 2004. Integra, desde 1994, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y desde 2007 es vocalista del grupo de rock tenaz. Ha participado como jurado en varios concursos, como Dragón 1999 y varios certámenes de la revista Juventud Técnica.

Sus cuentos han aparecido en varias antologías y en las revistas virtuales de CF i+Real (Cuba) y Axxón (Argentina). También ha publicado en Italia, España y Francia.

 

Breve decálogo del narrador bélico

 

I-Ten muy clara la época histórica o su equivalente fantástico. Obviamente, este simple hecho ya determina algo tan importante como el nivel tecnológico de los armamentos con los que se luchará: por ejemplo, si hay armas de piedra o metálicas, si sólo blancas o de fuego, si de tiro simple o automáticas, si carros de combate y aviación, si entidades robóticas o no, si naves con capacidad de salto hiperespacial, armas láser y teleportación, si sólo soldados humanos o también de otras razas, si tienen exoesqueletos de potencia y escudos de energía, y si algunos personajes disponen de magia o no. ¿Poquita cosa, verdad? Consejo: resulta muy cómodo guiarse por un período histórico equivalente: Por ejemplo, El Señor de los Anillos es casi pura Alta Edad Media europea, con armaduras y caballería pesada, pero todavía sin ningún arma de fuego, por primitiva que fuera. Obviamente, no es obligatorio ser tan purista ni mucho menos: el abigarrado y fascinante universo Warhammer mezcla caballería feudal con tropas de enanos con trabucos y hasta aviación primitiva. Y muchas historias steampunk arman batiburrillos aún peores con las épocas: tanques y ordenadores propulsados por vapor, naves espaciales con casco de madera. ¡Maravillosa confusión! Por demás, las ucronías también tienen su encanto… siempre que se tenga muy claro que el progreso técnico no es por gusto: el 99% de las veces un tanque de guerra con motor diesel y un cañón de 100 mm disparando munición perforante tendrá todas las de ganar contra un elefante armado con una catapulta, y un infante con rifle de asalto moderno prevalecerá ante un arquero inglés. De lo qe se deriva lo siguiente:

 

II-Ten muy en cuenta la clase de tropas que combaten, y hasta su entrenamiento previo. ¿Qué tipo de unidad marcha al frente? ¿Mercenarios expertos y curtidos en mil batallas o una milicia apresuradamente reunida con todo hombre capaz de blandir un arma que quedó en el pueblo? ¿Soldados profesionales que viven y se educan para la guerra casi desde que nacen, como los antiguos espartanos, o conscriptos obligados a vestir el uniforme a la fuerza por unos meses, como los reclutas de nuestro Servicio Militar Obligatorio? ¿luchan juntos mujeres y hombres en la misma unidad? Una circunstancia, por cierto, que tiende a elevar la autosuficiencia del cuerpo, y su moral combativa… pero no por necesidad su eficacia bélica. Aunque eso también puede ocurrir en cuerpos exclusivamente masculinos: ¿has oído hablar de los 400 de la Legión Tebana? Todos gays, pero leones en el campo de batalla. En fin, un axioma de hierro: ningún arma es mejor que el soldado que la utiliza. El objetivo del adiestramiento de las tropas es tratar de prepararlas para lo que encontrarán en el campo de batalla (algo por definición imposible ¿cómo preparar para lo inesperado?), y  hay dos filosofías básicas que lo rigen: hacerlo por exceso, lo que significa invertir mucho tiempo, recursos y esfuerzo en preparar a la unidad, y que algunos novatos idiotas que de todos modos nunca serían buenos soldados morirán en el durísimo entrenamiento (condolencias a las pobres familias), para crearles a los sobrevivientes el indispensable esprit de corp y que luego el combate les resulte casi fácil… o por defecto: el mínimo de instrucción necesario, como por dónde agarrar el rifle y qué lado de la espada es el que corta, con lo que las bajas a montones entre la tropa de infelices serán inevitables cuando se choque con el enemigo… pero la carne de cañón al menos estará “lista” en pocos días. Por supuesto, también existen los combatientes por necesidad: guerrilleros o rebeldes, que irán aprendiendo táctica y estrategia con el más duro sargento de instrucción imaginable: la experiencia. Y muriendo a lo largo del curso, de paso. De todos modos, hay que recordar que ningún soldado lo es de veras hasta que no pasa los dos bautismos: el de fuego, bajo el ataque enemigo; y el de sangre, cuando debe matar para no morir. Y al describir la batalla nunca está de más que los participantes recuerden su adiestramiento, aunque sea con alguna que otra frase aislada. Da la agradable sensación de que los soldados tienen un pasado y no nacieron con las armas en la mano. Y si además pueden recordar algo de la vida civil de la que fueron arrancados para arrojarlos a la guerra, mejor aún, por el mismo motivo. Eso permitirá tener en cuenta lo siguiente:

 

III-Existe el miedo. Los héroes estilo Bayardo, altos, hipermusculosos y de reflejos felinos, perfectos y sin tacha, que nunca dudan, temen ni retroceden ante el peligro de muerte o mutilación irreversible, suelen ser, por raro que parezca, personajes bastante planos, sin riqueza emotiva. No sólo se parecen demasiado a los robots, sino que, además, aunque su sentido de sacrificio en aras del colectivo pueda merecer medallas y ascensos, a primera vista,  a cualquier civil con dos dedos de frente se le antojará ultraestúpido y por completo suicida marchar contra una muralla de fuego láser en vez de esconderse en el fondo de la trinchera y dejar que otros pongan los muertos ¡qué es lo más lógico, a fin de cuentas! Valiente no es quien no conoce el miedo (ese es un imbécil que se cree dios y ni con suerte durará mucho en la batalla), sino quien aún conociéndolo es capaz de superarlo, ya sea en nombre de la patria, del posible botín, de la amistad por sus compañeros de uniforme o del orgullo combativo de su unidad… y la cuestión básica es que, como bien sabe todo oficial, cualquiera de esas motivaciones es buena para hacer a los hombres combatir, que es lo que  realmente importa.

 

IV-La niebla de la guerra. La batalla siempre es un juego entre dos bandos. Al duro y sin guante. Imposible preverlo todo. Ni siquiera los más perfectos planes sobreviven más de 5 minutos al encuentro con el enemigo. Un buen general es aquel que sabe qué están haciendo la mayoría de sus tropas y dónde en un momento dado: si además tiene aunque sea una vaga idea de qué hacen y dónde las de su adversario, entonces es un profeta o un dios, más que un genio militar. La batalla no es como un juego de ajedrez en el que se ven todas las piezas propias y contrarias: más bien se parece a un duelo a cuchillo entre dos hombres con los ojos vendados, cada uno tratando de atrapar el arma de su oponente sin perder la suya en el intento. Se vale morder, meter los dedos en los ojos, todo... porque está en juego la propia supervivencia. Por eso, elegir el punto de vista del mariscal en jefe y centrarse en los desafíos mentales de la estrategia a gran escala implica renunciar a la particularización y color local (¡en el Estado Mayor se suele estar mucho más cómodo que en las trincheras de primera línea!) en aras de una mejor idea del conjunto, y que las unidades y efectivos individuales pierden importancia en el cuadro general. En cambio, elegir el punto de vista de un soldado individual (o varios) implica no saber por qué mierda nos han ordenado tomar esa estúpida colina infestada de enemigos empeñados en arrancarnos la cabeza, pero que no queda más remedio que hacerlo o el sargento nos fusila en el lugar. Y ese tanque que apenas tiene importancia en el mapa del mariscal es de repente esencial… porque vamos rezando y cagados de miedo dentro de su coraza junto con nuestros cuatro mejores amigos que han sufrido de todo a nuestro lado desde el primer año de la guerra. Advertencia: nada es claro en la línea del frente. El subidón de adrenalina en un combate cuerpo a cuerpo es tal que cuesta mucho tener una imagen general del entorno… y a veces, hasta parar de acuchillar y dar tajos cuando ya terminó el enfrentamiento. Los berserkers existen, de veras: todo soldado ha caído presa de tal furia alguna que otra vez. Aunque el entrenamiento moderno del combatiente tiende a privilegiar la claridad de juicio sobre el frenesí asesino, nunca los hombres, ni siquiera los mejoradiestrados, llegan a ser tan eficaces como las máquinas: sus sentimientos son su debilidad… y a la vez su fuerza.

 

V-El contrato tácito de mando, sus derivaciones y contradicciones. ¿Para qué sirve la disciplina? ¿y tantas marchas y medias vueltas en formación al son de los alaridos de los sargentos y oficiales? No es puro sadismo de los mandos…. O no sólo puro sadismo, al menos.  Sirven para algo; para que el soldado aprenda a obedecer al punto y sin pensar. O sea, a hacer dejación de su voluntad en manos más sabias, lo que supuestamente va a mejorar sus oportunidades de victoria y por tanto de supervivencia. Para eso debe tener fe en que sus sargentos y oficiales saben mejor que ellos lo que está pasando en el campo de batalla. No siempre es así, por supuesto: un soldado experto puede entender mejor la gravedad de la situación que un oficial de academia bisoño, y probablemente esté también consciente de que para el Alto Mando él y sus amigos son apenas material gastable, unidades sacrificables en aras de un bien mayor… pero tiene que tener a la vez suficiente cerebro como para callarse sus consideraciones: si cada combatiente hace lo que mejor le parece, la unidad está perdida y todos morirán. No en balde se aconseja a los oficiales en todas las academias que ante cualquier problema tomen decisiones rápidas, para no dar la impresión a su tropa de que no saben qué hacer. Si la decisión resulta buena o mala, luego, ya es secundario. La suerte influye mucho, por supuesto. Pero ayuda a los de mente rápida… algunas veces. Porque, de todas maneras:

 

VI-En la guerra la gente muere. No en balde al cargar contra las líneas enemigas se grita ¡Patria o Muerte! (o su equivalente) y no ¡Patria o Heridas Leves! Si, hay heridos… pero nadie en su sano juicio creerá que una unidad escapó del combate casi ilesa, sólo con algunos tiritos a sedal y rasguñitos menores. Y no sólo caen los malos malísimos; incluso los buenos se encuentran con la Parca en el campo de batalla. No es elegante hacer trampas; siempre se paga un precio. Tolkien literalmente resucitó a Gandalf de su caída del puente con el Balrog tras comprender que le hacía mucha falta en su trama, pero igual se nota bastante el deus ex machina, aunque luego lo compense con la heroico-patética caída de Boromir El Confundido. Aún así, nótese que, salvo él y el rey Theoden, muy pocos de los buenos caen en LOTR. Error: es mejor evitar los “regimientos de inmortales afortunados”: un soldado pelea con más furia si ve caer a los que lo rodean. Preferiblemente si son tipos simpáticos que ya antes se han ganado un lugar en el corazoncito del lector. El autor a menudo tiene que tener un miocardio de piedra y sacrificar a algunos de sus héroes en aras del efecto emocional mayor. Stephen King es un maestro en eso, incluso cuando no escribe batallas. Sus tropas de la luz siempre sufren algunas bajas en el combate con las tinieblas; que quede claro que esto no es un paseíto de fin de semana ni un juego de niños. Ni el mejor chaleco antibalas protege de todos los proyectiles, y los buenos no monopolizan la buena suerte. Sobre todo si insisten en comportarse como corteses idiotas, de lo que se deduce que…

 

VII-La caballerosidad y la lealtad salen caras en la vida real… y nada más real que la guerra. La batalla no es un encuentro deportivo, ni un duelo entre gentlemen, sino un salvajísimo sálvese quién pueda en el que la idea es ganar… a cualquier precio. Si al enemigo se le cae la espada… pues aprovecha tu ventaja sin escrúpulos: písasela y atraviésalo con la tuya. Porque él haría lo mismo. Total, en la melée nadie va a estar mirando esos bellos gestos. Y mejor tramposo vivo que héroe muerto. Toda instrucción básica de infantería enseña cosas tan agradables como rematar a un enemigo caído o cómo remover la bayoneta en la herida para que la herida sea mortal por necesidad. Dicho sea como de paso, la doctrina de ataque del ejército moderno, que considera que herir a un enemigo es más efectivo que matarlo, porque  inutiliza a tres hombres en vez de a uno solo (en teoría se necesitan dos sanos para retirar a un herido) es muy difícil de aplicar en un combate real, para tropas no muy expertas. Al menos para seres humanos: la tendencia lógica, una vez calentada la sangre, es a matar a todo lo que se mueva, para que nada nos mate antes. Paranoia de la batalla, que ayuda a sobrevivir… si el enemigo no es demasiado fuerte, porque, ya se sabe “vinieron los sarracenos, y nos molieron a palos, que Dios protege a los malos cuando son más que los buenos”

 

VIII-Equilibrio. No es sólo cuestión de quiénes son los buenos ni de quiénes tienen la razón: eso influye, claro, pero no tanto como querían creer los comisarios soviéticos de la Gran Guerra Patria. Las ideas, mal que les pese a muchos, son más débiles que las balas. El número y el equipamiento sí importan. Por tanto, hay que recordar que la pelea de león a mono puede ser muy heroica… pero tiene un interés narrativo limitado. Si un bando tiene sólo arcos y flechas y el otro dispone de naves espaciales con escudos de energía y además los triplica en número, las posibilidades del puñadito de infelices salvajes no son muy buenas, no hay que ser ningún Aníbal para darse cuenta… a no ser que el escritor los ayude mucho o sus enemigos sean muy ineptos. Pese a su torpe valor, los peluditos ewoks de El retorno del jedi habrían sido barridos en minutos por las hiperentrenadas tropas clónicas imperiales… si sus oficiales no hubieran sido unos perfectos retrasados mentales capaces de creer en Santa Claus, en los genios de la lámpara y hasta en el clásico embarazo de la casta doncella que se sentó en un inodoro embarrado de semen. La excesiva desigualdad en armamento y material puede servir para escribir grandes páginas de heroísmo o de masacres implacables (el autor puede elegir su punto de vista)… pero no verdaderas batallas. Los guerrilleros rara vez enfrentan a tropas regulares con éxito, y no por cobardes: simplemente, saben que no tienen con qué. Hostigar y huir es la clave ante ejércitos más poderosos. Luke Skywalker y compañía sólo atacaron la Estrella de la Muerte cuando vieron una posibilidad, por míníma que fuera, de vencer… y el Emperador debió fusilar a todos los técnicos que diseñaron su estación de combate, por no haberlo notado antes. Lo mismo que el Gran Moff Tarkin debió retirarse cuando sus analistas le dijeron que corría auténtico peligro.

 

IX-El péndulo. Hasta las grandes victorias fueron por momentos batallas de resultado incierto. Si sabe desde el principio que va a ser inexorablemente derrotado, ningún general en su sano juicio (Leónidas y sus 300 espartanos suicidas, por favor, abstenerse) planta cara a otro ejército… a no ser que deba proteger la retirada de civiles familiares suyos, que no tenga a dónde más retirarse o cualquier otra circunstancia similar del tipo “entre la espada y la pared”. La clave del asunto es que, en toda batalla, ambos generales creen al principio que pueden ganar. La habilidad del bando fuerte es convencer al débil de que lo es para que se empeñe en un combate que le costará la derrota. Un ejército que huye siempre, y que tiene a dónde huir, no puede ser derrotado, sólo perseguido… y los perseguidores se encontrarán con que cada vez sus líneas de abastecimiento son más largas y frágiles. Napoleón lo aprendió a duras penas y demasiado tarde al invadir a Rusia: no lo venció Kutusov en Borodino, sino las inmensas estepas del gigantesco país euroasiático.

 

X-El léxico y los referentes. Los militares, obviamente, se resisten con energía a que los llamen matarifes de oficio; tienen la pretensión de ser considerados científicos de la guerra… y como buenos científicos, se pertrechan de un vocabulario enrevesado, que sólo ellos comprenden… en teoría. Que tampoco es tan difícil. Entonces, familiarízate con sus expresiones básicas: fuego amigo, control de daños, defensa escalonada en profundidad, logística, daños colaterales, contramarchas, líneas de abastecimiento, puntos fuertes, cruzar la T y muchas otras frases por el estilo. Bien usadas, pueden dar la impresión de que sabes de qué estás hablando. Otra cosa que ayuda mucho es leer mucha literatura teórica bélica… y citarla con tino. Por ejemplo: Karl Von Klausewitz dijo en De la guerra que esta no es sino la extensión de la diplomacia por otros medios. Sun Tzu, casi mil años antes, escribió en El arte de la guerra que nunca hay que cerrar todas las vías de escape a un enemigo, porque una tropa acorralada lucha no sólo por la victoria, sino por su vida. También hay que saber imitar a los grandes; o sea, a las grandes novelas bélico-históricas del mainstream: Sir Nigel y La compañía blanca, de Arthur Conan Doyle; Ivanhoe, de Walter Scott; Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarche; La roja insignia del coraje, de Stephen Crane (novela que prueba de que de los cobardes sí se ha escrito, y además mucho y muy bueno) ; Cuatro tanquistas y un perro, de Januz Przysmanowski; Los soldados no se ponen de rodillas, de Konstantin Simonov; Los desnudos y los muertos, de Norman Mailer, y un largo etc. Sin olvidar ver muchos filmes de guerra… de los que la lista sería el doble de larga, así que la dejamos para otra ocasión. Y, por supuesto, también tenemos a los clásicos de la space opera bélica: Tropas del espacio, de Robert A. Heinlein; la saga de Dune, de Frank Herbert; la serie de Miles Vorkosigan, de Lois McMaster Bujolds; Un talento para la guerra, de Jack McDevitt; la tetralogía de la Vieja Guardia Colonial, de John Scalzi. O de la fantasía heroica: Tolkien, por supuesto, incluido el Silmarillion; Robert E. Howard, que describe magistrales batallas en algunas de sus historias de Conan, Kull y no sólo, como Sonya la Roja o La sombra del buitre. Añoranzas y pesares, la saga de Tad Williams… y, no podía faltar, Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin, que pese a las elipsis de la serie televisiva por problemas naturales de presupuesto, se dió gusto en los libros describiendo tremendas batallas campales, navales y sitios.

Entonces, con todo esto ¿ya está? ¿Te bastará para convertirte en un gran autor de historias bélicas fantásticas el seguir al pie de la letra estos 10 generalísimos principios? No nos hagamos ilusiones: desgraciadamente, no. Narrar una gran batalla o hasta una pequeña escaramuza es una de las cosas más complicadas para cualquier escritor, fantástico o no. Son muchos los elementos en juego.

No obstante, confiamos en que tener más o menos en cuenta a la hora de escribir las escasas consideraciones arriba expuestas… más otras muchas que irás descubriendo tú mismo, ganando un montón de chichones y experiencia en el intento,  sí servirá ¡al menos! para abreviar un poco tu aprendizaje en esta difícil pero siempre atractiva modalidad literaria.

Por demás, ya se sabe… cortando huevos es como mejor se aprende a capar.

Así que… ¡al ataque, soldados!

 

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